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Lo que la bruja no contó

Hay veces que tú eliges y otras que te eligen; los títulos son muy caprichosos. Si se trata de brujas, vienen a por mí. Como en El castillo ambulante del mago Howl, vuelan directos al centro de mi cerebelo.

¿La bruja debe morir? 

Ahí se desató todo.

Este título pertenece a un ensayo estupendo de Sheldon Cashdan sobre  los cuentos de hadas tradicionales. La querencia a estas historias sí es cosa mía. Y lo que ha surgido en el curso de Atrapavientos de La Bruja forma parte de esa atmósfera fantasmagórica y hechizante que solo los alumnos saben cocinar.

Así:

Buscamos el color de los camaleones (esas excepcionales criaturas que retrató Capote con toda su musicalidad) y aparecen historias sorpresivas, hirientes, originales y transgresoras. Incluso hay una publicación en marcha. Revisitar los clásicos nos transforma.

Jugamos con mapas y se crean nuevos mundos. Mediante el juego y la investigación se materializa un futuro soñado o temido, dejamos que sea y entramos en su aventura.

Nos adentramos en Propp y Poe llama a la puerta.

Meditamos sobre personajes mientras una enciclopedia de malvados nace con un batallón que ni siquiera existe.

Pensamos en conjuros y un regalo de cumpleaños salta del fondo de una calabaza. Su olor todavía perdura.

Nombramos y renombramos, le quitamos polvo a la varita.  

Buceamos en la memoria; en la nuestra, en la de otros, en la de nuestros ancestros.

Resignificamos. Dentro del caldero se descubren nuevas fórmulas para dar sentido, ser todas las que queramos ser.

La bruja del Páramo se empeña en ocupar el trono y, tras una lucha encarnizada con la malvada bruja del oeste, se rinde ante su verdor.

Úrsula K. Le Guin y Neil Gaiman mantienen su alianza frente a la razón.

Ángela Carter pone sobre la mesa lo que la historia olvidó.

Sin embargo, un secreto vuela alrededor de la hoguera y no puedo protegerlo por más tiempo. No puedo quedarme con más pócimas sin derramar y cocimientos que burbujean. Entonces, el castillo se acerca volando nuevamente hacia mí; esta vez más deprisa, mucho más deprisa. Se instala en mi lóbulo frontal y me susurra:

Lo que la bruja no contó…

¿De qué se trata? le pregunté.

Enseguida supe que no necesitaba contestación. Era la continuación de ¿La bruja debe morir? 

Me puse en marcha. Es importante hacer caso a los susurros del castillo ambulante.

Procesos creativos, nuevos detonantes y desencadenantes para comenzar a escribir o continuar con brebajes ya arrancados. La exploración y la fantasía como sitio al que acudir siempre que no encontremos el dónde y el porqué.

Nuevas confidencias.

Nuevas lumbres.

No más secretos.

¿Lo contará La bruja?

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