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El ataque de los porqués

Los porqués acechaban pacientes. Aunque convivían conmigo, no los había visto. Y eso que la incursión se venía fraguando con porqués zapadores que avanzaban cuando yo andaba distraído en mis cosas. Había sufrido la arremetida aislada de una pequeña avanzadilla a la que había hecho frente con valentía e incluso con cierto desdén. Pero ayer al fin me vencieron. Ayer un batallón de porqués emergió de su trinchera y me rodeó por todos los flancos. 

—¿Por qué es otoño?

—Porque ha pasado el verano

—¿Por qué ha pasado el verano?

—Porque se ha acabado.

—¿Por qué se ha acabado?

—Porque hay cuatro estaciones y una tiene que acabar para que empiece otra. 

—¿Por qué hay cuatro estaciones?

—Porque la Tierra, que es donde vivimos, da vueltas alrededor del Sol.

—¿Por qué da vueltas?

—Para bailar y no caerse. 

—¿Por qué no quiere caerse?

—Porque nos haríamos pupa.

—¿Por qué nos haríamos pupa?

—Ay, no sé… porque sí…

—¿Por qué te ríes?

—Por no llorar.

—¿Por qué no quieres llorar?

Y así hasta el fin de los días, en una interminable retahíla de disparos que me hicieron recordar a Les Luthiers y a aquella gallinita que dijo eureka

A ver. Aclaro. Tengo un hijo de cuatro años. Y es mi segundo hijo. Debería haberlo previsto. Pero los mayores olvidamos, los mayores no le damos importancia a las cosas que importan. A los porqués. 

Los mayores damos muchas cosas por sentadas y, sobre todo, no queremos reconocer lagunas de ignorancia porque pensamos que eso nos muestra frágiles frente a los demás. Los niños no son tan tontos. Los niños quieren saber, y preguntar es la mejor manera, y la más directa, de obtener respuestas. 

Por eso creo (tras lo anterior ya no me atrevo a afirmar nada tajantemente) que la buena literatura infantil no es la que trata de responder a los porqués, sino la que se atreve a plantearlos. 

De modo que no hay nada más inútil, vuelvo a creer, que un libro infantil que intenta enseñar a los niños cómo hay que sentarse a comer, por qué hay que ser amable, por qué hay que compartir (¿por qué no hay libros pidiendo a los mayores que compartan sus cuentas corrientes?), por qué no hay que tener miedo por la noche. ¿Y por qué no? ¿Qué tiene de malo tener miedo? Como dice Isabel Tejerina Lobo en su artículo Literatura infantil y formación de un nuevo maestro, hay que diferenciar «los libros imaginativos y de ficción de los libros informativos y de conocimientos más o menos disfrazados de cuentos que confunden la literatura con la didáctica».

Debo reconocer que soy un reconvertido, un San Pablo que se cayó del caballo de los libros infantiles con monstruos que cambian de color según su humor y abrazó la fe en los libros que lanzan historias sin que importe si son edificantes o no. Al fin y al cabo, es lo mejor para disfrutar de la literatura infantil porque, como dice también Isabel Tejerina, «el niño siempre ha sabido defenderse de las lecturas edificantes». 

Desde ayer, tras el ataque inmisericorde de porqués, me hago preguntas. ¿Por qué narices el otoño viene después del verano? ¿Siempre ha sido así? ¿Siempre lo será? ¿Por qué no podemos cambiarlo? Mi hijo plantea porqués con la única intención de generar más porqués. Tal vez mi hijo me quiere enseñar que esa es la buena literatura, no la que te da respuestas masticadas por otros, sino la que te hace lanzar preguntas. Ese es el juego. Esa es la diversión. Solo hay que querer participar para disfrutarlo.  

Ahora, además, le ha dado por cambiar todas las palabras y buscar su equivalente que comience por «des-». No es ir delante, sino ir desdetrás, no es ir detrás, sino ir desdelante… Pero esa es otra historia y tendrá que ser contada en otro momento.

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